El cuadro del Infierno es un óleo sobre lienzo del siglo XVII, atribuido al Hermano Hernando de la Cruz, uno de los grandes maestros de la Escuela Quiteña. La obra original fue realizada alrededor de 1620, y aunque hoy se exhiben facsímiles del siglo XIX pintados por Alejandro Salas, el diseño y composición responden fielmente al original.
Se encuentra a la derecha de la entrada principal, siendo la primera pintura que recibe al visitante, lo que no es casual: su función era moralizante, un recordatorio inmediato del destino de los pecadores.
Me hacía gracia que uno de los oficios que se encontraban en el infierno era el del de registrador de la propiedad. El autor, del siglo XVII, no llegó a conocer la ANECA, si no hubiese añadido un nuevo penitente como "Evaluador de la ANECA".
Me he enamorado de los Andes después de subir una cuesta de varios km en bicicleta, agotado, me encontré llaneando, observando los valles profundos, oliendo a humo de leña, tomando una curva, el distinto verde de los campos creaba una sensación rítmica. De repente sentí que estaban experimentando algo que me había causado placer cuando niño en Galicia: ir de la mano de mi abuela semanas antes de su partida, por un camino al final del verano, oler el humo que en esos días es pesado y como que le cuesta ascender, se concentra entre las hojas de los árboles. Algunos verdes comienzan a apagarse y las hojas de la viña amarillean y se vuelven quebradizas. Lo vivido con aquellos que amamos, los momentos en los que tuvimos el tiempo y la calma para percibir los matices vuelven a nosotros y crean un ritmo que nos sosiega y nos recuerda que fuimos felices aunque en aquellos momentos no lo percibimos.
Dicen que nunca podré ser de Quito. Sin embargo, veo en esta ciudad cosas que los quiteños no perciben. No soy de Quito como vosotros sois de Quito. Cuando pasen los años, lo bueno que en esta ciudad me ha pasado, volverá a mi en situaciones que me recordarán lo vivido. De repente el recuerdo de la mole del Rucu entrará en sintonía con el parafraseo del pasillo y las sombras en una piel morena. Esa sensación de repetición me harán despertar y recordar que he sido amado. Mi mano asida por otra mano en una ciudad a la que, en principio, no pertenezco.
Si amigos, yo he matado a Atahualpa
Los españoles hemos robado el oro, y matado a Atahualpa, por lo menos en el Ecuador. Supongo que en Perú será Huascar... No pasa una semana en que no oiga "Uds robaron el oro". Si claro, yo robé el oro antes de ayer. Llevo 500 años dando guerra en la región. Por ese motivo he organizado una práctica de laboratorio para que entiendan que los genes de los que robaron el oro los llevan los latinoamericanos, no los españoles de la península.
El mestizaje ha sido para América Latina un trauma difícil de digerir:
no son indígenas, no son europeos, es más, su herencia europea
innegable les recuerda un proceso de violencia cultural muy difícil de
digerir.
Quien haya vivido en América Latina se habrá dado cuenta que el
mestizaje se vive de una manera incómoda y esquizofrénica. Se ama y se
repudia lo indígena, se ama y se repudia lo español (no conozco el caso
brasileiro). Esta manera de se, estos traumas, se han plasmado en un arte de resistencia como es el barroco quiteño.
Los símbolos nacionales también se hacen eco de ese odio a lo español. La primera descripción de los colores que poseía la bandera de la Gran Colombia, se atribuye al político colombiano Francisco Antonio Zea, quien declaró durante su discurso en el Congreso de Angostura de 1819 (congreso en el cual nació la Gran Colombia) lo siguiente:
"Nuestro pabellón nacional, símbolo de las libertades públicas, de la América redimida, debe tener tres franjas de distintos colores: sea la primera amarilla, para significar a los pueblos que queremos y amamos la federación; la segunda azul, color de los mares, para demostrar a los déspotas de España, que nos separa de su yugo ominoso la inmensidad del océano, y la tercera roja, con el fin de hacerles entender a los tiranos que antes de aceptar la esclavitud que nos han impuesto por tres siglos, queremos ahogarlos en nuestra propia sangre, jurándoles guerra a muerte en nombre de la humanidad".
Odiar a lo español, echarle la culpa del atraso al oro robado es una gran excusa para seguir haciendo lo de siempre. Siempre les cuento a mis alumnos el caso de Corea del Sur. Corea fue una colonia japonesa hasta 1945. Después de la II Guerra Mundial tuvieron una guerra local en la que los Norteamericanos lanzaron sobre el país más bombas que las que utilizaron en Europa de 1941-1945. El despegue del país se debe a un compromiso férreo con la educación.
Es un pensamiento esencialista creer que todos los españoles somos los que robaron el oro y violaron a las mujeres, lo se, pero es un mito fundacional de América Latina, lo mismo que la devoción por el Che Guevara y por las vírgenes locales. Es lo que hay. Por eso nunca seré de Quito.
ULTIMA HORA: EL VERDADERO NOMBRE DE ATAHUALLPA
Todos llaman Atahuallpa al último gobernante del imperio de los Incas, pero su verdadero nombre no era ése, Atahuallpa viene de atha: nudo y wallpa: gallina. Más o menos sería "gallina atada", pensémoslo, quién le pondría de nombre gallina al hijo del soberano de toda Sud América? Además, las gallinas fueron traídas por los españoles, no existían cuando "Atahuallpa" había nacido.
Este apodo le fue puesto al inca por los españoles, al ver que se despedía llorando de su familia al saber que había sido condenado a muerte. Para la posteridad, el cronista Sarmiento de Gamboa, fue el primero en llamarlo "Atahuallpa" como si ése fuera su nombre y no el apodo que le pusieron por haber sido vencido, de manera malintencionada y hasta dolosa.
Con los años, todos llamamos de ese modo a nuestro último soberano legítimo, nada se hizo por aclarar el hecho, pero no es tarde, el nombre de nuestro inca era "Atabalipa", cuyo significado es "hombre fuerte y valiente".
Todos los documentos de inicios de la conquista (1532 - 1560) hablan de Atabalipa, nunca lo llaman Atahuallpa).
* Fuente: congreso latinoamericano de historia indígena
Cervantes retrató en el Quijote cómo la locura conduce nuestras vidas. Esta obra obsesionó a un joven Sigmund Freud, la persona que crearía el concepto de subconsciente. Ese cauce oculto que arrastra el lodo de las experiencias de un río que vienes de nuestros abuelos, nuestros padres y que continuará en las vidas de nuestros hijos. La locura siempre transcurre en ríos profundos. En espacios que nuestra consciencia niega.
Todas las ciudades tienen sus barrios prohibidos, allí en donde se comercia con aquello que no tiene cabida en nuestra faceta respetable. Los famosos barrios rojos, rosas, chinos... En las ciudades andinas esos espacios están asociados a un accidente geográfico: las quebradas. Las quebradas van más allá de ser un simple accidente geográfico, son un espacio con vida propia.
Las quebradas andinas quiteñas son a la ciudad lo que los canales a Venecia
Curiosamente, lo mismo que en nuestra vida tratamos de soterrar aquellas pasiones bajo la premisa de "lo que tiene que ser", las ciudades andinas han tratado de convertir la quebrada en planicie. La quebrada es un espacio de negación, allí viven personas como los hermanos conocidos como los dolaritos, adictos a las drogas, que consiguen su sustento haciendo chauchas a los vecinos por un dolarito. Tienen su vivienda en una carpa en la quebrada. Cuando no tienes donde vivir siempre lo puedes hacer en un hueco de la quebrada. Por tanto, rellenar una quebrada es sanear un barrio, negarle el espacio a aquellos que nada tienen, alejar el crimen y la basura. Convertir un espacio andino en una planicie europea.
El Bulevar 24 de mayo se sitúa sobre la quebrada que bajaba del Pichincha. El agua de Quito bajaba por la cascada de la Chorrera del Pichincha recorriendo lo que hoy es este bulevar.
La ciudad histórica de Quito se situaba entre dos quebradas que se abrían en las faldas del volcán Pichincha. Por ellas bajaba el agua que alimentaba la ciudad: la chorrera, una cascada cercana a la ciudad, el barrio del placer en donde se situaban los baños del inca y que sería barrio de tolerancia.
El agua del río profundo, como una cicatriz, que daba vida a la ciudad y que la partía en dos.
Encajada en la Quebrada de la Chorrera se encuentra el penal Panóptico construido por García Moreno
Con la expansión de la ciudad esas cicatrices se fueron rellenando, la ciudad fue perdiendo algunas de esas quebradas que acentuaban la verticalidad de la ciudad. Quito es una ciudad alargada en un valle, a 2800 metros de altitud, que transcurre de norte a sur, a los pies del volcán Pichincha, de 4784 m. Ese valle, como si de un escalón elevado se tratase, se continúa en otro valle 600 metros más abajo, el valle de Cumbayá. En pocos kilómetros tenemos un desnivel de 2500 metros. Las quebradas andinas quiteñas acentúan esa verticalidad, son a la ciudad lo que los canales a venecia.
Pese a que las quebradas siempre fueron asociadas a la basura, a la falta de leyes, a las malas energías y el crimen, son los espacios elegidos por las clases pudientes para tener sus casas. Bosmediano, la Gonzalez Suárez... los mejores espacios de la ciudad están asomados a quebradas. Edificios tremendamente verticales. Vivir en esos lugares permite asomarse a unas vistas tan verticales que te hace sentir rico en espacio. Lo mismo que cuando tienes una casa con vistas al mar: tu vista no alcanza, el espacio cambia a lo largo del día.
La luz y las nubes si filtran a través de esos espacios andinos verticales creando unos atardeceres espectaculares: el sol brillado como oro entre sombras omnímodas, la niebla trepando desde el valle a 2200 metros a la ciudad de Quito, a 2800 entre las quebradas de Guápulo. Las nubes que caen en cascada desde el cercano valle de Lloa. Para aquellos que echamos de menos el mar gozamos, sin embargo, el juego de luces que se cuelan entre las brechas de las montañas y las nubes y las nieblas que vienen a la ciudad desde la selva a través de esos canales. Es un espectáculo marino. El norte de la ciudad de Quito es semidesértico porque un volcán de más de 5000 metros supone una barrera entre esta corriente de nubes provenientes de la selva y la ciudad. Esa humedad exhudada por ese mar verde del Amazonas se queda atrapada en los glaciares de color azul del volcán Cayambe.
Las precipitaciones regulares, en esta zona andina, van erosionando la falda de los volcanes, formando cascadas, acentuando quebradas, discurriendo en ríos profundos. Ríos que no se ven y que reciben las aguas servidas de una ciudad de dos millones y medio de almas. Esos ríos profundos y contaminados acentúan lo maldito de esas mismas quebradas. Por eso mismo, como cuando vamos al psicoanalista, para escuchar qué es lo que nuestros subconsciente nos tiene que decir, para entender la locura que conduce nuestras vidas, entender las quebradas es fundamental para reconocerse como andino. No podemos rellenar las quebradas lo mismo que no podemos negar nuestro subconsciente.
El parque Lineal de Solanda, en el sur de Quito, transcurre paralelo a una pequeña quebrada que sirve a los vecinos como zona de relleno y para pastar vacas
En julio de 2019, la quebrada del parque Lineal de Solanda, que se observa arriba, ya ha sido rellenada
Al sur de Quito existe una cooperativa de viviendas, la Cooperativa Solidaridad, que exige a los propietarios de las viviendas unas horas de trabajo comunitario, lo que en la región andina se llama trabajo de mingas, trabajo cooperativo. Con ese trabajo la comunidad está regenerando la Quebrada Ortega, la quebrada que está al lado de las viviendas. Al recuperar la quebrada para los vecinos están consiguiendo que ese espacio deje de estar negado y prohibido. Ahora ellos pueden ver el estado de las aguas del río, tomar conciencia del problema ecológico que antes estaba oculto a ojos de todos. Más que ecología se trata de una curación de la psique del habitante de los Andes. En pocos lugares del mundo podemos ver a un colectivo humano tan adaptado a las montañas. De amplio pecho y mejillas sonrojadas, los andinos muestran estar adaptados a la falta de oxígeno de estas altitudes. Amar a los andes es amar esta fisiología, es amar a los surcos que deja el tiempo. Es amar la luz y las nubes cambiantes. Jorge Icaza, para mi el mejor escritor ecuatoriano, escribió sobre este pueblo que "que venera lo que odia y esconde lo que ama". Recuperar las quebradas es exponer a nuestros ojos sus ríos ocultos, es reconocer que Quito es una ciudad vertical, como Venecia lo es por su canales. Es un ejercicio de búsqueda de la felicidad en la aceptación de uno mismo, de aquello que nos hace únicos y bellos.
Hay una quebrada hermosa que baja del Rucu por entre el monte de las Antenas y el Kuntur Wauchana (que es la pared que se ve desde la Av. Mariana de Jesús.
Este quebrada desembocaba en la laguna de Iñaquito, hoy parque de la Carolina y esta laguna a su vez desaguaba en Cumbayá a través de la quebrada de la Plaza Argentina
En la Recoleta de San Diego
de Quito se puede ver un cuadro atribuido al Bosco y también uno de los pocos cuadros en los que en la última cena está pintado un cuy en vez de un cordero.
Además existen unos murales que está siendo rescatado de debajo de 7
capas de cal que los cubrían.
Algunos de los ángeles son francamente morenos
¿Por qué se cubrieron estos frescos?
Los frescos se cubrieron en el S. XVII, dicen, porque hubo una peste y cubrir de cal era una manera de evitar la propagación del mal. Me cuesta creer esta explicación. En épocas de peste lo que hay es poco tiempo. De encalar se haría a las prisas y los encalados de las paredes de San Diego son concienzudos.
Algunas de las figuras tienen gran calidad
Sin embargo, a mi lo que más me interesan son los motivos florales o de inspiración indígena
Levantar la capa de enjalbegado cuesta como 200$ según el Fonsal.
La decoración del altar es de inspiración francamente indígena
La flor-Sol ubicua en todas las decoraciones del centro histórico de Quito
Hornacina decorada en la fachada de la iglesia de San Diego
Los motivos florales se encuentran por doquier ¿Eran hippies estos artesanos quiteños? o ¿Son símbolos solares andinos?
Aledaño a la Recoleta de San Diego se encuentra el cementerio. Localización
Cerca de la Recoleta de San Diego está el cementerio del mismo nombre. Allí se encuentra la tumba de la Mamá Lucha, matriarca de un clan de delincuentes.
La Virgen de la Empanada es una historia popular quiteña. Se trata de un milagro que duró pocas horas. El milagrito de la virgen de la Empanada, la cual cada cien años se le aparece a algún gil que, en lugar de esforzarse por cumplir sus metas, anda por allí pidiendo imposibles a D””S y a toda la Corte celestial.
Este milagro ocurrió en el S XVIII en Quito. Unas cocineras creyeron ver la cara de la Virgen en la mancha de aceite que habían dejado unas empanadas en el papel en que se secaban. Cuando se les enseñó ese papel al nuevo obispo de Quito Don Diego Ladrón de Guevara, este bajó a la plaza y, como primera autoridad de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana en el País de Quito, tomó entre sus manos el supuesto ícono milagroso. Lo vio. Lo examinó con sus ojos de hombre devoto e ilustrado, enemigo del fanatismo impuesto en las Indias por sus predecesores, Doctrineros y evangelizadores y, sin muchas vueltas, se echó a reír, les dijo a los marchantes que no sean tan pendejos que allí no había ninguna imagen de la Madre de Cristo, sino un papel sucio, que usaran la cabeza y que el bien en el mundo se hace de fe, esperanza y caridad, trabajo duro y buenas obras. Sin darles tiempo a reaccionar, acercó a la ”virgencita de la Empanada” a una de las antorchas que le hacían compañía y el papel impregnado como estaba de grasa de chanco, zas ardió en pocos segundos.
Los españoles tallaron las piedras incas para que pareciesen de factura europea. Detalle del zócalo sobre el que está construido el convento de San Francisco de Quito. Las puertas de las covachas del zócalo recuerdan a las hornacinas del zócalo de Chinchero
Base de la torre de la iglesia de la Merced. Se cree que estas piedras pertenecían a un templo prehispánico. Localización
Piedras irregulares, típicas de los muros inca imperial, de la base del palacio de Carondelet en la Plaza Grande de Quito
Piedra de los doce ángulos de Quito
Piedra de los doce ángulos (la que tiene dos respiraderos incrustados en ella) se encuentra en la calle Benalcazar (antiguo Capac Ñam, la panamericana inca) en su cruce con la calle Eugenio Espejo
Los muros de Inca Imperial se asemejan a como se encajan los granos de maíz. Fuente