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lunes, 6 de mayo de 2019

Tiempo para pensar

Stefan Grimm se suicidó por la presión académica y dejó una carta para explicar los motivos de su suicidio:

«Mi jefe, el profesor Martin Wilikins, vino a mi oficina y me preguntó cuántas becas tenía. Después de enumerarlas, me dijeron que no era suficiente y que tendría que dejar la universidad dentro de un año como máximo. La realidad es que estos científicos en lo más alto de la jerarquía solo miran las cifras para juzgar a sus colegas, ya sean factores de impacto o ingresos en subvenciones. Después de todo, ¿cómo puedes convencer a tu jefe de que estás trabajando en algo emocionante si ni siquiera asiste a los seminarios regulares del departamento?».

La ciencia necesita un tiempo para pensar.

jueves, 16 de febrero de 2017

Los gestores científicos: ¡Vaya timo!

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Gestores científicos los hay de derechas, como el director de la FECYT española o de izquierdas, como el director de la SENESCYT ecuatoriana. Tienen en común tres cosas: ser muy obedientes al poder, liderar organizaciones hiperburocratizadas y por último ser muy laxos en relación a sus nóminas y gastos varios.
José Ignacio Fernández cobra 7250 euros al mes dirigiendo la FECYT, una fundación que cuando te da dinero para desarrollar un proyecto de divulgación de la ciencia te obliga a dedicar una cantidad de tiempo extraordinaria justificando cada gasto. Se pierde más tiempo justificando el dinero que realizando la actividad
José Ignacio Fernández, a quien conocí durante unas Jornadas de Ciencia y Teatro en Mérida, resulta que a la hora de justificar sus gastos no se rige por los mismos baremos que exige su organización cuando te da dinero para la realización de proyectos. Pero ahí sigue.
René Ramírez. Fuente 4pelagatos.
En Ecuador tenemos a René Ramírez. René es la Luz de Occidente. Lidera también una organización que es burocrática hasta niveles increíbles. Todo tiene que estar justificado, excepto cuando se trata de sus propios proyectos. Ayer presentó un proyecto de inversión de 3000 millones de dólares para construir coches eléctricos que es de seguro un timo. René Ramírez indicó que Red Tech, “va a trabajar directamente y compartir tecnología con Tesla, que como ustedes saben es la empresa número uno en términos de desarrollo de automóviles eléctricos”. Desde Tesla han desmentido cualquier relación con Red Tech o Yachay.  Pero ahí sigue. No es la primera vez. Pero ahí sigue nuestro gestor científico.

Y hay muchas más historias. Debe ser que para ser gestor no importan los productos que generes. Lo más importante es ser obediente al poder y que generes muchos papers y patentes.

http://elpais.com/elpais/2016/12/23/ciencia/1482515190_126212.html

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2015/07/09/galicia/1436444686_562999.html

sábado, 6 de diciembre de 2014

Valores que hay que potenciar en la universidad


Solo tengo una idea en mente y gira alrededor del concepto “Task Force”: Dejar libertad y financiar que los profesores más exitosos en el desempeño de su trabajo lideren y decidan qué alianzas formar entre laboratorios o departamentos. Estas alianzas estarán justificadas por el criterio profesional de los profesores líderes que tendrán total libertad para formular estos acuerdos. Los resultados se juzgarán no en base a si han cumplido con las directrices del programa establecido sino en función del número de publicaciones logrado, tesis realizadas y productos asociados a su trabajo. Estas alianzas tendrán carácter temporal y se podrán suspender a petición de los participantes o debido a una baja productividad. La productividad será juzgada por un panel científico.

El primer paso será determinar qué profesores pueden llegar a ser líderes en este proceso. Se les agrupará por áreas. Es muy importante que al menos en cada área haya un número mayor de cinco profesores. De esos cinco se escogerá al líder que será el que proponga qué programa desarrollar en base a su experticia. Los otros cuatro evaluarán al cabo de un año o dos años su labor y se podrá extender el tiempo de liderazgo basado en los logros conseguidos. La supervisión de este panel será de forma anónima y cada opinión deberá ser fundamentada en hechos. Estos informes serán evaluados a su vez por otro comité de profesores ajenos a ese campo que determinarán si el líder debe continuar o bien ceder el mando a otro de sus pares.

Esto es simplemente una simulación de lo que podría ser. Los detalles no tienen importancia. Lo importante es la “Evaluación por Pares” y que exista una masa crítica de evaluadores que permita la competencia entre ellos y haga difícil el llegar a acuerdos que debilitarían la capacidad coercitiva del panel de expertos.

Debemos de escapar de la elaboración de programas cerrados que cercenen la libertad de los agentes principales, en este caso los profesores, y que al mismo tiempo sirvan para justificar la ausencia de productos relevantes, es decir, ¿Cuántos informes habremos leído en donde se cumplen rigurosamente todos y cada uno de los puntos del programa y sin embargo los productos obtenidos son bien raquíticos? En estos casos, el programa sirve de justificación: “Mira, he hecho todo lo que se suponía que debía de hacer”, bajo esta premisa “Quien obedece no se equivoca” y el evaluador tiene que dar por bueno el informe.

Si en estos programas somos capaces de introducir la “libertad de cátedra”, la evaluación de grandes popes y la toma de decisiones basadas en experticia y no en criterios políticos, habremos puestos varios peldaños hacia el éxito.

Lo que se propone es un sistema dinámico, temporal y que vaya refinándose en base a la evaluación de expertos. Pasos a tomar:

1. Determinar qué expertos estarán en los paneles
2. Diseñar los paneles para que exista una masa crítica suficiente para que existan facciones que se vigilen los unos a los otros.
3. Dejar que los expertos decidan, según su experticia, es decir, de manera razonada, qué programas hay que establecer dependiendo de los recursos actuales (profesores, laboratorios) y de las necesidades del país.
4. Definir qué productos se esperan de esos programas.
5. Permitir que los paneles de expertos decidan, dependiendo de los presupuestos, personal e instalaciones qué programa y qué líder deberá implementarse
6. Dotar económicamente estos programas
7. Los paneles de expertos después de un tiempo evaluarán los productos obtenidos y revalidarán o no al líder del programa o por lo contrario se suspenderá el programa y se buscará una alternativa comenzando de nuevo en el punto 1 o 3, dependiendo del tiempo transcurrido y de si hay nuevas incorporaciones de profesores que justifiquen comenzar el proceso en el punto 1.


Agentes: profesores, jefes de laboratorio, grupos de trabajo... aquí tengo que reconocer que mi idea de líder es la de un tirano, con toda la capacidad de decisión, que pueda ser depuesto en caso de incompetencia :)

Papel de los alumnos:

Aquí habría que hacer una hoja de ruta, un contrato y definir perfectamente deberes, obligaciones y derechos. Hablo de contrato por considerar al estudiante como un “cliente” y no como un mero receptor de conocimiento. Cliente en el sentido de que el estudiante hace una inversión de tiempo y dinero y tiene derecho a percibir un producto a cambio. Debemos de escapar de ese concepto del examen como barrera a superar. Hoy en día después de superar muchas barrera el estatus de licenciado, o de doctor ya no te garantiza un trabajo, una fuente de ingresos. Por lo tanto, superar barrera para llegar a un estatus académico debiera de ser el objetivo último. La relación contractual con los alumnos debiera de ser: tu haces un esfuerzo económico y de tiempo y yo te doy el manejo de estas técnicas, la obtención de este título, la publicación de un trabajo científico y el manejo de estas habilidades al fin de tu tiempo con nosotros.

Los alumnos podrán evaluar la experiencia de aprendizaje. Estas evaluaciones serán anónimas y públicas. Los comentarios de los alumnos deberán estar basados en hechos contrastables en caso de ser negativos. El departamento principal a cargo del programa de postgrado velará por los derechos de los estudiantes. La función principal de un programa de postgrado es la de formar y educar a los estudiantes. Se fomentará que los alumnos, como colectivo, evalúen y sugieran mejoras que se elevarán a los paneles de expertos como parte de la evaluación del programa.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Las sociedades totalitarias no favorecen el desarrollo de la ciencia

La ciencia sólo se puede dar en sociedades democráticas y liberales (ojo, hablo del viejo liberalismo) en donde el estado no dicte consignas e imponga mecanismos de control regidos por burócratas. Cuando la ciencia se da en sociedades totalitarias y burocratizadas se pueden dar situaciones como las que se relatan en esta artículo publicado por Javier Yanes en El País. Fijaos como "La ciencia siempre paga", este bioquímico en los ochenta no tenía reactivos así que aprovechó para pensar y consiguió un trabajo crucial para el avance de la ciencia en el campo del plegamiento de las proteínas


Gunter Fischer, a la entrada al Instituto de Bioquímica de la Universidad de Halle, en 1989.
Que un científico domine el inglés es hoy de obligado cumplimiento. Y que un alemán hable este idioma parece lo más natural. Pero cuando se trata de un científico de la RDA que ha vivido la mayor parte de su vida al otro lado del Telón de Acero, se adivina que él, como otros colegas suyos de la Europa del este, tuvo que añadir un reto extra al esfuerzo investigador: el de aprender una lengua que, en su tiempo y en su país, era el idioma del enemigo, pero también el de la ciencia mundial.
Es quizá por eso que el bioquímico Günter Fischer (Altenburgo, Turingia, 1943) rebusca tranquilo sus palabras desde el otro lado de la línea telefónica en su despacho de la Unidad de Enzimología de Plegamiento de Proteínas del Max Planck, que ha dirigido hasta su jubilación en 2011. Ahora su retiro, más teórico que real, le permite un cierto sosiego. “Sigo trabajando; por suerte, en el Max Planck te dejan hacerlo más allá de los 65 años, pero más relajado”, confiesa el investigador, que en la década de 1980 descubrió las primeras enzimas implicadas en el plegamiento de las proteínas.
La reunificación alemana fue muy exitosa para la ciencia”, reflexiona el bioquímico
Nacido en plena guerra mundial, antes de la caída del nazismo, a Fischer le tocó vivir de totalitarismo en totalitarismo, de la esvástica al compás, el martillo y el anillo de espigas. “Después de la guerra, los primeros 15 años fueron muy duros, con restricciones en la distribución de alimentos”, recuerda. El joven Fischer se trasladó a Halle, a unos 90 kilómetros de Altenburgo, para estudiar química en la Universidad Martín Lutero de Halle-Wittenberg, una de las más veteranas de Alemania. Esta ciudad de Sajonia-Anhalt acoge además una institución que presume de ser la sociedad científica más antigua del mundo: la Leopoldina, hoy Academia Nacional de Ciencias de Alemania.

Una isla de tolerancia

La Leopoldina sería crucial en la carrera científica de Fischer desde que era un joven universitario, en la década de 1960. En una ocasión, cinco premios Nobel visitaron la academia y solicitaron un almuerzo con un grupo de jóvenes estudiantes. Fischer logró ser uno de ellos. “Comimos en un restaurante de Halle, cinco premios Nobel y unos diez estudiantes, y aquello fue genial; fue determinante para mi vida científica”, relata.
Pero la Leopoldina era una extraña isla de tolerancia que gozaba de un privilegio especial. Esta academia, de la que el régimen de Adolf Hitler había expulsado a los científicos judíos incluido un tal Albert Einstein, quedó en Alemania Oriental después de la guerra, pero se mantuvo como una institución libre y resistió a las presiones de nacionalización del gobierno. “Era la última organización común del este y el oeste”, resume Fischer. “El presidente estaba en Halle, el vicepresidente en Gotinga (Alemania Occidental) y sus miembros eran de todo el mundo, así que tenían el privilegio único de invitar a científicos occidentales a dar conferencias, lo que me dio la oportunidad de conocerlos y hablar con ellos”.
Un 30% de los científicos contratados eran informadores de la Stasi, según Fischer
La situación era muy diferente en la Universidad donde Fischer trataba de conseguir un doctorado, y donde encontró un obstáculo en el camino que no tenía nada que ver con sus aptitudes como científico. “Era muy difícil hacer un doctorado si no eras miembro del Partido Comunista. Trataron de alistarme, pero me negué”. Por suerte, el joven contó con la ayuda de un catedrático de bioquímica que le abrió las puertas. En 1971, ya con su doctorado y un puesto de ayudante en el Instituto de Bioquímica de la Universidad, Fischer trataba de investigar, pero la presión política no era el único impedimento. “En los setenta la situación no era tan mala, pero en los ochenta empeoró por la falta de fondos. No podíamos conseguir materiales de los países occidentales ni podíamos reparar los equipos”. Con esta carencia de recursos, lo que un bioquímico podía hacer no era mucho, salvo una cosa: “Pensar”. “Nadie me preguntaba a qué me dedicaba, así que tenía tiempo para pensar”.
Los pensamientos de Fischer se dirigieron hacia el campo del plegamiento de las proteínas, en el que por entonces reinaba el llamado Dogma de Anfinsen, establecido por el bioquímico estadounidense y ganador del premio Nobel Christian B. Anfinsen. El dogma establecía que el plegamiento de una proteína en su conformación espacial era algo exclusivamente determinado por la secuencia de aminoácidos, y que por lo tanto era un proceso espontáneo que no requería de ninguna ayuda externa. Fischer lo puso en duda. “Ideé experimentos muy simples con lo poco que tenía y los resultados sugerían que podía haber una biocatálisis”. Es decir, un factor celular que facilitaba y aceleraba el proceso de plegamiento: una enzima plegadora, o foldasa (del inglés fold, plegar). “Nadie lo había ensayado y en 1984 yo lo encontré”, apunta el investigador.

Colaboración clandestina

Con su flamante descubrimiento, Fischer trató de hacer lo que todos los científicos, publicarlo en una revista internacional de primera fila. Pero aquello era la República Democrática Alemana. “Estaba prohibido publicar resultados en revistas internacionales como Nature o European Journal of Biochemistry, y aún peor si eran revistas de Alemania Occidental”, recuerda. Por entonces, todo científico que pretendiera publicar debía solicitar aprobación a la Oficina de Relaciones Internacionales, propia de la Universidad y dependiente de la Stasi, el servicio de inteligencia. “Ellos podían concederte el permiso o no, pero no estaban obligados a darte ninguna razón de ello”. Esta oficina se encargaba además de filtrar la correspondencia. “Si escribías a un científico de Alemania Occidental, debías darle la carta a ellos, que la enviaban o no, pero nunca te informaban. Si no recibías respuesta, era posible que la hubiera y que no te la hicieran llegar, o bien que nunca hubieran enviado tu carta”. La presión política era intensa y además había profesores que actuaban como informadores o “espías internos”. Y era sabido que Fischer no simpatizaba con el régimen.
En los setenta la situación no era tan mala, pero en los ochenta empeoró por la falta de fondos. No podíamos conseguir materiales ni reparar los equipos”, lamenta
Naturalmente, rechazaron su petición para publicar en el extranjero, por lo que el científico debió conformarse con divulgar sus importantes resultados en una revista de Alemania Oriental y en el idioma de su país. “Nadie lo leyó, excepto gente de la Leopoldina”. Por suerte, entre ellos se contaba un investigador muy influyente en el campo del plegamiento de proteínas, Rainer Jaenicke, de Ratisbona (Alemania Occidental). Jaenicke le puso en contacto con un colaborador suyo, Franz Schmid, de Bayreuth, y aquel encuentro fue providencial. En 1985, Fischer logró invitar a Schmid a su universidad y así arrancó una colaboración clandestina que culminaría con el envío de un estudio a Nature, algo que Schmid pudo hacer desde Bayreuth. “No pedí permiso; asumí un gran riesgo personal”, valora Fischer. Pero mereció la pena: en 1987, la revista británica publicaba el trabajo de los investigadores.
Respecto a los motivos por los que la Oficina de Relaciones Internacionales de la Universidad de Halle no advirtió la publicación, Fischer no puede sino especular: “Probablemente en esa época tenían otros problemas, y de todos modos era impensable que alguien pudiera ser tan tozudo y asumir ese riesgo”. Tal vez, apunta el bioquímico, ayudó a que su estudio pasara inadvertido el hecho de que en la fecha de publicación él se encontraba destinado en Berlín, en un proyecto de la industria farmacéutica. En cuanto a su supervisor en Halle, el que le había abierto las puertas a la investigación, Fischer ríe al recordar su respuesta cuando le informó de su intención de publicar en Nature: “Me dijo: 'Bien, tú me dices lo que vas a hacer, pero yo no he oído nada”.

“¡El muro ha caído!”

Fischer y Schmid repitieron publicación en Nature dos años después, en 1989, y en esta ocasión el riesgo fue aún mayor debido a un detalle sin ninguna importancia científica, pero sí de mucho calado político en la Alemania Oriental de entonces: “La Unión Soviética trataba de hacer de Berlín una unidad política separada; decían que Berlín Occidental no pertenecía a la República Federal de Alemania. Así que nosotros enviamos la información sobre los autores a Nature detallando que una colaboradora, Brigitte Wiettmann-Liebold, trabajaba en Berlín Occidental. Pero en la redacción de Nature escribieron: Berlín, República Federal de Alemania”. Aquello podía ser interpretado por las autoridades germanoorientales como una provocación. “Era muy peligroso para mí porque era contrario a la visión política oficial”, expone Fischer.
Después de dar una conferencia, de repente alguien entró y gritó: ¡El muro ha caído!”, recuerda. No imaginó que llegara a suceder
Por fortuna, aquel mismo año ocurrió algo que el propio científico, reconoce, jamás imaginó que llegaría a suceder. Fischer lo narra así: “En octubre de 1989 conseguí un permiso para viajar con Schmid a Ulm, en Alemania Occidental, para dar una conferencia. Era el 9 de noviembre. Después del acto estábamos en un restaurante, cuando de repente alguien entró y gritó: ¡El muro ha caído!”.
“Nunca pensé en escapar de Alemania Oriental”, rememora Fischer. “Tenía a mis padres, a mi mujer y a mis hijos. Era imposible planear una huida”. Pero desde aquel 9 de noviembre, todo comenzó a cambiar. “La reunificación alemana fue muy exitosa para la ciencia”, reflexiona el bioquímico. “En el campo científico no sufrimos los problemas que el proceso trajo para la industria y la sociedad. Los científicos, también los del este, pudieron trabajar, comprar materiales, equipos... Excepto, claro, los espías de la Stasi, que fueron despedidos. Eran un 30% del total”. En 1992, Fischer se trasladó a la Sociedad Max Planck, el equivalente del CSIC en Alemania. Ahora, desde su retiro, recuerda con emoción los tiempos difíciles. “Llegué a aceptar que no podría hacer carrera. Me habían dicho directamente: puedes trabajar, trabajar y trabajar, pero si no eres miembro del partido, jamás te ascenderemos. Y pensé que siempre sería así”. Luchó durante décadas oponiendo la razón a la sinrazón, pero ni siquiera presume de sus méritos: “A veces la vida te sorprende con grandes oportunidades de cambio que no esperas. Fui muy afortunado”.

viernes, 12 de abril de 2013

La burbuja de la universidad

En EEUU han decidido pincharla de una vez: para que cobras 150.000 dólares cuando la expectativa laboral es la de doblar camisas en Macy´s

http://internacional.elpais.com/internacional/2013/04/11/actualidad/1365692337_988176.html

De acuerdo de que ellos te forman para algo y luego te tienes que saber vender y bla bla bla. Pero ¿Hace falta cobrar 150.000 dólares como si eso fuese un puente de oro hacia el cielo?. ¿Cuándo vas a poder pagar esa deuda doblando camisas?. ¿Te garantiza algo el pagar esas sumas desorbitadas?.

Los master en España son una porquería, y cuestan una pasta. Están vendiendo el poco nombre que les queda en productos de muy baja calidad que no valen el dinero que cuestan. Es como la iglesia del Renacimiento y su empeño de sacar dinero vendiendo bulas. Llegará un momento en que esa situación se rompa.