viernes, 26 de octubre de 2018

Gratitud

Es una palabra difícil. Si es pequeñita va envuelta en celofán, si es enorme se rodea de oropeles y quizás hasta se haga merecedora de una estatua. La gratitud nos empuja a dar la mejor versión de nosotros mismos. Es un sentimiento que obliga a la nobleza.
Monumento a los padres del Pocero.
Gratitud es una palabra poco dada a la broma. Es bastante unidireccional. La gratitud nos obliga. A veces, por gratitud, sobre todo cuando es de las grandes, dejamos de hacer lo que queremos para honrar, estar a la altura, para agradecer. Las grandes gratitudes son difíciles de manejar. Sin embargo, las pequeñitas... son tan agradecidas.

Hay un tipo de gratitud especial, la que sentimos por los gestos totalmente espontáneos que solamente se hacen para hacerte sentir bien. Siempre recordaré al tío de mi amigo Alex Villodas. Estaba en su departamento de Santa Cruz y hacía poco que había ido al dentista. A pesar de tener solo 20 años ya había ido al dentista más de lo que hubiese querido. Me sentía decrépito. Entonces, de la nada, se sacó una historia para restarle importancia a lo que me pasaba. Me contó que todos los jugadores de futbol americano tenían muchísimo implantes debido a la práctica de su deporte. De repente lo mío pareció nada. Hay personas con las que puedes pasar 25 años de tu vida y no hacen ese esfuerzo por liberarte de tu dolor. Pareciese que tuviesen que facturar ese esfuerzo.

Hay otro tipo de gratitud, el que se siente por personas que te conocen de toda la vida, y en un momento dado, como si fuese un regalo te dicen algo bueno. Ese comentario tiene muchísima fuerza. Algo de esto sabe la filosofía zen que acuñó el término kokō (dignidad solitaria). Las personas o los objetos adquieren esa dignidad con el paso del tiempo y por ello, les proporciona una mayor pureza de su esencia. Me acuerdo que mi padre y yo íbamos de Vigo a Porriño. Mi padre estaba en sus últimos años laborables. De repente se dió cuenta que había unas señoras mayores que estaban esperando en la parada del autobús y erán un mayores que él, de Porriño. Se paró a recogerlas. Fueron hablando y en un momento una de ellas dijo "Esteban, tienes un coche muy bueno". Me emocionó porque lo dijo con calidez, se notaba que le hacía ilusión que a mi padre le hubiesen ido bien las cosas en la vida. Me dió tanto goce. Mi prima Maripaz, con la que me encontré después de morir mi madre, me dijo dos cosas inesperadas. Me felicitó por haber conseguido trabajo como profesor de universidad. De repente me di cuenta que nadie lo había hecho. También me di cuenta de que se alegraba y lo decía con sinceridad. Refiriéndose a mi madre, su tía, recordó con admiración lo bien que cocinaba.

 Y es verdad. Mi madre cocinaba muy bien. Y aquí tengo que parar de escribir un rato. Nunca presumió. Comimos como reyes y sin embargo no lo agradecimos bastante. Mi madre nunca hizo nada para recibir un halago. Lo hacía porque tenía que hacerlo. Mi sensación de ingratitud viene no encontrar un espacio común en el que comunicarnos. Un día nos dijo que a ella le hubiese gustado aprender papiroflexia. Ella había trabajando doblando prospecto y armando las cajas de cartón de los medicamentos de Zeltia. Pensando sobre esta anécdota recordé que una de las escasas veces en que me ayudó con los deberes fue para hacer y pegar los cuerpos geométricos. Se notaba que estaba disfrutando.

A veces no podemos demostrar la gratitud que sentimos por las personas que han sido importantes en nuestra vida. La comunicación es quizás la mejor manera de demostrar el amor por alguien. Escuchar y entender. A veces hablamos distintos lenguajes. No podemos permitirlo. Las personas que nos aman deben de estar con nosotros toda la vida. Aunque se esté lejos, aunque haya que escoger distintos caminos por necesidad, porque la relación resulta una carga... Aunque ese amor esté circunscrito a un lugar y a un tiempo. Gratitud es reconocer que se ha amado.

Un beso

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