Las reformas recientes del papa Francisco, que reubican jurídicamente a las prelaturas y matizan su alcance, no hacen sino confirmar la relevancia de aquella intuición inicial: la discusión sobre “quién es el jefe” no es un detalle administrativo, sino el núcleo de cómo se articula la autoridad, la misión y la identidad de una institución dentro de la Iglesia. En última instancia, la prelatura personal fue una solución brillante para asegurar una misión estable y global, evitando la fragmentación que habría supuesto depender de múltiples obispos con criterios pastorales distintos.
En ese sentido, el patriarcado funcionó como un sistema que garantizaba a muchos hombres un acceso asegurado a pareja, descendencia y estatus, incluso cuando sus capacidades o aportes eran limitados. No era solo una cuestión de “hombres mediocres reproduciéndose”, sino de estructuras que producían y legitimaban esa mediocridad al domesticar la conciencia femenina y restringir su margen de elección. Por eso, cuando las mujeres acceden a educación, autonomía económica y libertad jurídica, no solo cambian sus preferencias individuales: se desmantela el sistema que sostenía artificialmente la posición de muchos hombres.
Así, el error de interpretar este fenómeno únicamente como una “selección natural” entre individuos es no ver que la verdadera selección siempre fue sistémica: un entramado de normas, roles y dependencias que definía quién podía formar familia, quién tenía valor social y quién quedaba excluido. Lo que está colapsando hoy no son los hombres en sí, sino el sistema que los colocaba en un lugar asegurado dentro de la familia mediante la dependencia de la mujer.
¿Todas las grandes religiones son patriarcales?
Históricamente las grandes religiones nacieron en sociedades patriarcales: Judaísmo, cristianismo, islam, hinduismo, budismo, confucianismo…
Todas surgieron en contextos donde: La autoridad política era masculina; la familia era patrilineal; la herencia pasaba por los varones y la vida pública estaba reservada a los hombres. Por tanto, las estructuras religiosas reflejaron ese orden social. Esto no significa que la religión “inventara” el patriarcado; más bien, lo institucionalizó y lo sacralizó. La autoridad religiosa formal ha sido mayoritariamente masculina. En casi todas las tradiciones: Los sacerdotes eran hombres; los intérpretes de la ley eran hombres; los líderes espirituales eran hombres y los textos sagrados fueron escritos, compilados o canonizados por hombres. Esto generó una asimetría de poder que se transmitió durante siglos. La religión funcionó como un mecanismo de legitimación del orden social porque las normas religiosas solían reforzar: La autoridad del padre; la subordinación de la mujer; la división sexual del trabajo; la dependencia económica femenina y la regulación del cuerpo y la sexualidad de las mujeres. Es decir, la religión no solo reflejó el patriarcado: lo justificó. Dentro de cada religión hay corrientes, resistencias y reinterpretaciones. No existe una única versión de cada tradición. En todas hay: Mujeres líderes; reformas internas; lecturas igualitarias; movimientos feministas religiosos y relecturas críticas de los textos. La religión no es un bloque monolítico; es un campo de disputa.
¿Las religiones animistas son patriarcales?
No necesariamente, pero muchas sí lo son, y otras muestran estructuras más igualitarias o incluso matrilineales. La clave es que el animismo no es una religión organizada, sino un conjunto de prácticas espirituales muy diversas, ligadas a pueblos indígenas, sociedades tribales y culturas preestatales. Por eso, no existe un único modelo.
El animismo refleja directamente la estructura social del grupo que lo practica. Si la sociedad es matrilineal el animismo tiende a ser más igualitario. Si la sociedad es patrilineal el animismo tiende a ser patriarcal. No hay un “dogma” que imponga jerarquías: la espiritualidad se moldea según la organización social, no al revés.
Dependencia estable en el tiempo es la clave de la aparición de los estados
La cultura estatal necesita de relaciones de dependencia estables en el tiempo. Es por ese motivo que las sociedades patriarcales tuvieron tanto éxito.
La cultura estatal —desde sus primeras formas en Mesopotamia hasta los imperios clásicos— necesitó siempre relaciones de dependencia estables, previsibles y transmisibles para sostener impuestos, herencias, propiedad, linajes, autoridad y control social. En ese contexto, el patriarcado ofreció una arquitectura perfecta: una jerarquía doméstica clara, un jefe de familia responsable ante el Estado, una división sexual del trabajo que aseguraba reproducción y producción, y un sistema de obediencias que podía replicarse generación tras generación. Por eso las sociedades patriarcales tuvieron tanto éxito: no porque fueran biológicamente inevitables, sino porque eran funcionales a la lógica del Estado, que necesitaba unidades familiares disciplinadas, roles fijos y dependencias duraderas para garantizar estabilidad política y económica. El patriarcado no solo organizaba la familia; organizaba la sociedad entera en torno a relaciones de autoridad que el Estado podía aprovechar, reforzar y administrar.
Culturas solares vs. culturas lunares: ¿por qué unas desplazaron a otras?La distinción entre culturas solares (más jerárquicas, guerreras, patriarcales) y culturas lunares (más agrícolas, cíclicas, asociadas a lo femenino) es un marco interpretativo clásico en antropología, historia de las religiones y mitología comparada. No es literal —no existieron “religiones del sol” contra “religiones de la luna”—, pero sí describe dos formas de organizar el mundo. Y aquí viene lo importante: Las culturas solares triunfaron porque eran más funcionales al Estado, la guerra y la expansión territorial. No porque fueran “mejores”, sino porque encajaban mejor con las necesidades de las sociedades complejas. Las culturas solares eran más compatibles con el Estado ya que el estado necesita: jerarquías claras; autoridad centralizada; obediencia vertical; transmisión patrilineal de bienes y apellidos; control de la reproducción y la familia y dependencia estable en el tiempo. Las culturas solares —con dioses masculinos, reyes-sacerdotes, linajes patrilineales y estructuras militares— ofrecían exactamente eso. Por eso se expandieron con rapidez.
Las culturas lunares estaban más ligadas a ciclos naturales y a la vida comunitaria ya que eran más igualitarias; tenían roles femeninos fuertes; estaban vinculadas a la agricultura y la fertilidad; funcionaban en clanes, aldeas y linajes maternos; no tenían estructuras militares centralizadas. Eran sociedades comunitarias, no estatales. Cuando aparecieron los primeros Estados (Sumer, Egipto, Indoeuropeos, Imperios del Bronce), estas culturas quedaron en desventaja. Las sociedades cuya estructura era matrilineal, es decir, el linaje de los hijos era femenino, solían tener cultos relacionados con el ciclo menstrual, es decir, ciclos de 28 días, como los ciclos lunares.
La guerra favoreció a las culturas patriarcales
Cuando las sociedades desarrollaron estructuras jerárquicas militares, con el aumento de poder masculino, las sociedades se convirtieron en patrilineales y pro natalidad. Cuantos más hijos más poder. Las sociedades en las que las mujeres controlaban la natalidad fueron sociedades sin estado, sociedades en las que las mujeres después de destetar a sus hijos amamantaban crías de mamífero para evitar volver a embarazarse tan rápido. Esas crías de mamífero comenzaban un proceso de domesticación porque por apego comenzaban a vivir cerca de los humanos y a abandonar la vida salvaje. En Ecuador tenemos un sitio arqueológico en donde se puede apreciar la superposición de un culto solar inca sobre el primitivo centro de culto lunar de los cañaris, sometidos por este pueblo procedente de Cusco.
Las sociedades solares: tenían ejércitos permanentes; podían movilizar hombres bajo una autoridad única; organizaban la violencia de forma eficiente; expandían territorios y sometían pueblos vecinos. Las culturas lunares, más descentralizadas, no podían competir militarmente.
El patriarcado organizó la conciencia Las culturas solares: definieron roles rígidos; sacralizaron la obediencia; legitimaron la autoridad masculina; convirtieron la dependencia en virtud; controlaron la sexualidad y la reproducción. Esto generó estabilidad social, que era exactamente lo que el Estado necesitaba.Las culturas solares patriarcales desplazaron a las culturas lunares más igualitarias porque ofrecían una estructura de poder más útil para el Estado, la guerra y la expansión. No fue un triunfo “natural”, sino sistémico. El patriarcado se impuso porque organizaba: la fuerza; la herencia; la obediencia; la reproducción; la conciencia y eso era oro puro para las primeras civilizaciones estatales.
Los peligros de la dependencia
Hoy en día, la humanidad se enfrenta a una crisis ecológica alarmante. Al mismo tiempo, nos están preparando para una futura guerra. Esta ceguera se deriva de los peligros que entrañan las relaciones de dependencia. Esos peligros son: Uno, la necesidad de tergiversar la realidad para acomodarla a las necesidades de la élite, y el peligro aquí estriba en que la realidad es tozuda y acaba por imponerse, muchas veces con un coste elevado por no haber visto y entendido las señales. Dos, la existencia de una élite que dependa del mantenimiento de una jerarquía, porque hará todo lo necesario para mantenerse en esa posición de privilegio, y cuando digo "lo necesario", esa palabra encierra en si mucho peligro. Tres, las élites globales, aquellas que mandan por encima de los países, gobernaban con la política de las cañoneras. Hoy en día, además del músculo militar, en donde ciertos países son más competitivos que otros, existe un músculo financiero, que obliga a la mayoría de las personas y países a contraer deuda y a tener que bailar la música que les tocan. En el siglo XIX bastaba con que un explorador informase de la existencia de ciertos yacimientos y riquezas para que las potencias coloniales se pusieran en marcha para obtenerlas. Hoy en día, las redes sociales informan a un fondo buitre de oportunidades de compra en el mercado inmobiliario de Parla, en tiempo real. Ser prestamista obligaba a conocer las capacidades de endeudarse y de responder por esa deuda de sus clientes. El conocimiento exhaustivo de nuestras vidas ha hecho que los usureros "tensionen" bienes básicos. Lo más seguro no es tener el dinero en un banco sino en deuda de las familias que moverán cielo y tierra para pagar gastos médicos, estudios o la casa donde viven. Por último, la asimetría reproductiva entre mujeres y hombres ha dinamitado la homogamia en la que hemos vivido en las sociedades patriarcales. La homogamia es la tendencia en sociología y biología a formar parejas o matrimonios con personas que comparten características similares, como nivel educativo, clase social, etnia, religión o lugar de origen, y se opone a la heterogamia (uniones mixtas). Es un hecho que las parejas en las que ellas tienen mayor nivel educativo o mayor estatus que ellos no gustan, ni a ellos ni a ellas. Y en la actualidad hay muchas más mujeres en la universidad que hombres. A nivel de individuos, existe una dependencia que ha tornado en neodarwinismo y mercado. Es un tema delicado porque entran los derechos de las personas, los principios morales y la lógica implacable de la reproducción. Lo mismo que la biología tiene planos: el plano genético, el de la célula/individuos y el plano social, todo lo que atañe a las personas implica ser muy cuidadoso con lo que decimos.
Nacimiento de los supraestados
Según James C. Scott, los primeros estados no nacieron de la agricultura en general, sino de la posibilidad de cobrar impuestos fácil y de forma fiable gracias al grano. Si el estado aparece cuando se establece un relación de dependencia estable, en estos momentos estamos viendo cómo aparecen supraestados ligados a cierta idea de relación étnica y homogeneidad cultural y religiosa. América, Asia, eslavos, Europa... Los africanos y los latinoamericanos sueñan con una unión, pero carecen de la capacidad de hacer frente a los grandes supraestados ya establecidos. Las políticas se tendrán que diferenciar entre niveles de integración, lo mismo que ocurre en la biología.
El nacimiento de los supraestados tiene la misma dinámica que ocurrió en los primeros seres pluricelulares -estoy pensando en Myxococcus y Dyctiostelium-: había una carrera por la autonomía operativa, coherencia interna y continuidad en el tiempo. Aquellas células que se convirtieron en germinales, lograron que toda esa organización pluricelular trabajase para su continuidad en el tiempo.



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